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De Quimeras y Ensoñaciones

Gigantes y cabezudos

Gigantes y cabezudos

Ya sé que desde tan alto es imposible ver las hormigas, y hasta es posible que se asusten, huyan y se escondan en su hormiguero al veros, no por vuestra fealdad, que sos de una belleza extraña, sino por vuestra escoba, de pelos cual martillo, para hormiga, se entiende, y para niño llorón que os tema al veros, pero miradles, mirad a los niños de hoy, no los boludos petrimetres de antaño cual uno que de pelo en pecho que conosco como a mi mismo, que en brazo de sus padres, tan jodidamente pistonudos, se las pasan riyéndose con vos, sin el menor atisbo de miedo, pero por favor, peinaros un poco esas greñas de bruja, que sos elemento público, no podés andar por las calles con esas fachas y maneras, que vais a asustar por fea y desgreñada, por hazmerreir, que no por fiera y malvada, que esos cabellos rubios, aunque sean de bote, da lo mismo, bien peinados, arreglados, pueden hasta quedaros bonitos y decídme, ¿ le tenés vos miedo al dentista ?, estaríais tan linda con una boca sana de dientes completos, empastados, blanqueados, sin manchas grises amarillentas de tabacos, alcoholes, azúcares y otras vicios ocultos, de sarro, y por dios bendito, cambiad ya de vestuario, que el negro os achica y vos sos tan grande, tan reina, que necesitás mucho blanco, mucho blanco, no tanto que parezcáis novia, pero si celosa della, y combinado con zapatos de aguja rojos y sombrero moderno, si, ya sé, sólo moderno, comprendedme , no entiendo de sombreros, pero no me gusta el negro para vos y el que llevás parecé de bruja y vos sos giganta, giganta de belleza extraña.
Mi Giganta descansa, parece que me escucha, que me mira con ojos de bruja grandes y abiertos, es en el fondo una santa, que baila, danza, gira, que tiene más ritmo que una verbenera meneando su mulato esqueleto rellenito de grasa, carne magra pa palparla y piel tostada, en el desfile anual del carnaval brasileño, mostrando muslamen y tetamen a un público hambriento , pero vos sos recatada, a la antigua usanza, si, ahorita ya se pondrá de nuevo en marcha, tiene tanta que los árboles del paseo giran sus hojas volteándolas del revés, con el envés pa fuera y el haz pa dentro, para no ver, para no sentir mareos, ni nauseas, ni tan siquiera la fuerza del viento que con sus brazos, sus ropas, y hasta sus enaguas, fragua al crear remolino en la ciudad, gira con magia, con desparpajo al son de Paquito el chocolatero, y el clavelitos de mi corazón, eh, uno rojo pasión para que lo llevés cerca del corazón, otro entre el sombrero, otro para adornar la escoba, rojo, andad, seguid danzando, voltead más noria que tiovivio, por lo grande, que no por el brio, uno, dos, tres, cuatro …, parezco más ébrio yo mismo que no compongo que vos haciéndolo, tan sólo de veros, y me canso de contar y prefiero escuchar los tangos de la banda municipal, que tocar toca, llena de alegría, ruido, diría un megalómano, pero para un profano, notas de algarabía que le forman un nudo en su melancolía de años atrás pasados de niño agarrado de unas manos, escondido, espiando, asustado, cabezudos descarados con escoba atizando, gigantes danzantes de bailes rimbombantes, pomposos.
Vale, mi bruja, no te retoco, te dejo … aunque, esa nariz, un poco de cirugía plástica le vendría a las mil maravillas, mirad que os mira el diablo, que él si va moderno, vestido de rojo, coqueto, tentador, caliente, con tridente, gigante, bueno, no me hagáis ni caso, eh, que para Celestina, vieja y alcahueta, Fernando de Rojas, pero sabed que os encerraran bajo llave hasta el próximo año en el mismo cuarto, juntos y al lado, 365 días con sus noches sus fríos y sus calores, juntitos los dos, vale, vale, ya me callo, no cambies por nada vuestro aspecto descuidado de bruja feriante de barrio, ¡ Qué diablos ¡ , es el vuestro, único y personal, y por muchos diablos que os odien, que os quieran y os miren, sabed que no os van a quitar nunca vuestra forma de bailar, de girar, de lucir con brujería ese negro que es tan lindo, aunque esté raído, y yo ahorita que ando hablando con desvarío, pero hacedlo, tras vuestro reposo de guerrero, mi bendita bruja de escoba barredora de hormigas y pesadilla de niños de antaño, danzad, Giganta, danzad, danzad.

Volver

Volver

Contemplaba desde el agua como las olas del mar barrían los granos de arena, como peinaban los cabellos blancos de la playa, cual si la playa fuese mujer anciana, atusándolos, masajeándolos, escuchaba la canción del mar, el canto de las sirenas y sin querer recordarlo la magia se deshizo en pedazos.
Volver. Volver.
Era su último día, ay, todo empieza y todo acaba, regresar, nacemos para morir, tornar a su mundo cotidiano de marejadas, de luchas, de horizontes azules iguales, y sintió un leve desasosiego, un malestar que no había sentido hasta entonces, se dejó balancear por las olas y rozó tiernamente un cuerpo femenino que se movía a su lado, sería la última vez que volviera a hacerlo, se sentía tan a gusto en aquellas aguas entre aquellos cuerpos de mujeres sensuales y voluptuosas que tener que partir le jodía tanto como un cielo encapotado derramando un aguacero de dos pares de cojones sobre su cálida mar, así pues que, decidido y ni corto ni perezoso juró que pasaría toda la noche nadando en el agua, toda la noche antes de partir a la mañana siguiente, sin rozar la arena, flotando, mirando las estrellas, robándole al tiempo el terrible maleficio de su andar cansino a paso de cangrejo.
¡ Cuánto daría por hacer cangrejo al tiempo ¡ .
Por retrocederlo, por andarlo hacia atrás, pero no creía en cuentos de hadas ni duendes y era improrrogable su estancia en aquel paraíso de bellas ninfas de curvas prominentes y pieles cacao, del olor a azahar, - una estrella fugaz cruzó tan rápido el firmamento que sorprendido ni le dio tiempo a pedir un deseo,- tiempo, tiempo, cruel enemigo, una noche, un regreso, se acercaría al faro a verlo por última vez, se dejaría mecer por las aguas, se despediría con un adiós largo y profundo, vadearía las rocas, soñaría con esa playa, esa arena, esos cuerpos de mujer, esas noches perfumadas, el balanceo de las aguas que no cambiaría por ninguna silla mecedera del mundo, ni aunque fuese de oro maciza. Allá a lo lejos el faro le saludaba, parecía haberse puesto de gala, corbata, smoking, bastón y sombrero para una fiesta de despedida para uno, un solo invitado y comensal, le guiñaba constantemente un ojo, estaba tan alto, tan rascacielos, que le dio miedo ser tan pequeño, tan insignificante y poca cosa, tan poco cerebro, empezaba a hacer frío, pero era su último día y se quedaría metido toda la noche en el agua bordeando la costa, mirando la playa, contemplando el mundo de cemento que tras la arena se dibujaba con focos de luz más allá del paseo marítimo, si fuese capaz de llorar, habría derramado lágrimas, si pudiese volar, habría trepado por encima de las rocas hasta la punta más alta del faro para darle un beso de despedida y un abrazo, besos y abrazos que también habría dado a cada mujer bonita de la playa, si le hubiesen dejado, y el tiempo, inmisericorde, imperecedero, transcurrió sin notarlo, poco a poco, las estrellas se fueron fundiendo en chocolate hasta desaparecer, el negro color del cielo, cual fondo de una taza de café solo, se fue mezclando con el blanco de la leche para ir trayendo el día, un café con leche amargo, sin azúcar, que los rayos del sol se fueron bebiendo hasta transformar el café con leche del cielo por uno inmensamente azul, nunca antes había odiado un amanecer, nunca, era ya la hora, la fatídica hora del regreso, dejar de ver la blanca arena, retornar, bueno, pensó, volveré pronto, el más mínimo hueco que encuentre y juro que prometo volver.
Retozaba en el agua con tanto deleite que era injusto verle partir, alejarse de aquello que tanto amaba, su faro, la arena de la playa, las lindas mujeres, el cielo estrellado, dejarlo todo por su vida de costumbre oscura y fría, monótona, cansina, y tan lejos de allí, e hizo alargarse el momento, si pudiera, asesinaría con arsénico al tiempo, lo dejaría preso en una mazmorra atado con cadenas de pies y manos y se llevaría la llave con él hasta el mismísimo infierno si el diablo le aceptaba como compañero.
Tal vez si …
Si se dejaba mecer por las olas del mar …
Cerró los ojos, y se dejó acunar, poco a poco, despacio, el agua se lo fue llevando hacia el interior azul y profundo, lo primero que dejó atrás fueron los dulces sonidos de sus excitantes mujeres, sus voces se fueron difuminándose con el oleaje, después fueron sus cuerpos, sus contornos redondeados se fundieron con la línea de la costa, el mar le mecía hacía el interior y él seguía mirando la playa, la estrecha franja fue quedando atrás, atrás, el amarillento color de aquel angosto pedazo de tierra se fue confundiendo con el horizonte del cielo, su playa, su playa estaba desapareciendo, miró al cielo, azul, radiante, sin una nube, el viento le alejaba inexorablemente de aquel paraíso donde había pasado sus últimos momentos de placer, los guardaba en su memoria, en un frasco lleno de aromas y de licor, miró por última vez hacia la costa, cerró los ojos, fijó rumbo hacia su destino y …
… la medusa se hundió lentamente en el mar.

Bella Donna

Bella Donna

Dicen en el pueblo que tiene poderes mágicos, que es vidente, unos dicen que la han visto de noche perseguir gatos negros por las angostas callejas, otros dicen que sabe leer las manos de los muertos, que es quiromántica. Dicen en el pueblo que lee la buenaventura en una bola de cristal, que practica el ocultismo y la magia negra con pelos de rata y polvos mágicos en calderos de bronce a la luz de la luna. Dicen en el pueblo que está en tratos con el mismísimo diablo, que te puede leer el pensamiento y robarte el alma, que practica la telepatía con descaro y sin reparos. Dicen en el pueblo que es una bruja de mal agüero, que la han visto bailar desnuda bajo la lluvia, en aquelarres dentro del convento y yacer con los frailes bajo hechizos de viles tormentos. Dicen en el pueblo que evoca a los muertos del cementerio con artes malignas, que es nigromante y captura por artes espirituales las almas de los difuntos que habiendo sido criminales vagan por este mundo.
Lo dicen pero no es cierto.
Lo dicen las viejas cuando la ven y lo repiten las mujeres cuando envidian su belleza y los hombres cuando la desean y no la pueden tener.

Se despertó en la noche al sentir un cosquilleo sensual en la ingle, erótico, lujurioso, sonrió despacio, placenteramente, y volvió a cerrar los ojos para disfrutar de ese momento, de forma mecánica y a través de un acto reflejo repetido cientos de veces, su mano trasteó en el lado izquierdo de su cama, encontrándola extrañamente vacía, incrédula, sin abrir aun los ojos, su mano se movió entre las sábanas buscando, buscando, un desierto de soledad se extendía a su lado, abrió los ojos, se reclinó sobre la almohada y con la decepción dibujada en su rostro se dejó caer a plomo sobre el lecho abandonado y tomó conciencia de la realidad, estaba sola, nadie ocupaba el lado izquierdo de su cama, nadie le hacía caricias en sus zonas íntimas, y recordó su ausencia, su extravagante horario de trabajo, el cuadre de sus cuentas, sus negocios, las reuniones, los viajes, su frase pronunciada esa mañana al partir justo después de darle un beso desganado y frío: “esta noche volveré muy tarde, no me esperes despierta”.
En el reloj daban las dos y ella despertó soñando con sus caricias, el recuerdo seguía allí, intacto, sobre el privado y personal bosque de su ingle, y le deseó por momentos, sus manos acariciando … deseos que se trasmutaron en odio en un transcurrir de segundos, en ese lapso de tiempo que tardó en tomar conciencia de su ausencia en aquella noche que prometía ser mágica y no era más que un esperpento de ilusión transformada en desencanto. Su sonrisa se hizo mueca. Su despertar todo un engaño.
Cuando la ira de la decepción fue dejando paso a la calma en que toda tempestad fragua, en aquel silencio, entre aquellas sábanas blancas, lo sintió de nuevo, sintió de nuevo su cuerpo, su aliento, el deseo, unos dedos peinando las rebeldes briznas de hierba de su valle salvaje, se dejó llevar, se abandonó, se dejó hacer como extraviada en un perdido paraíso encontrado, efímero, fugitivo, etéreo. El maullido penetrante y agudo de una gata en celo la sacó del trance, era como el llanto de un niño en la noche, y volvió a la realidad, le volvió a odiar por no estar allí con ella esa noche. Sintió sed y caminando cuasi sonámbula a través de pasillos y salas oscuras desembocó en la cocina, se asomó a la ventana y contempló las estrellas, desde la constelación de la osa Menor, la estrella Polar le hacía guiños como un amante. Como un amante …
Tumbada en la cama, sintió deseos de abrazarse a la almohada, con rabia, con despecho, con ansias de venganza, respiró profunda y pausadamente, se relajó, dejó fluir su furia, la ira que no la dejaba ser y lo volvió a sentir, unos labios besando su piel, vaporosos, pellizcando sus pliegues íntimos, matándola de celos y de placer, quería descubrirlo todo, esta vez no cerraría los ojos, quería sentirlo entero, su engaño, la amargura de la traición, ese sexto sentido de mujer y notó un escalofrío recorrer su cuerpo, un espasmo en su bajo vientre, una sacudida de placer que agitaba todo su ser, la fricción intangible de un objeto entrando y saliendo con crispación de su interior, bajo su pubis, estremeciendo y haciendo temblar todo su organismo, aferró sus manos al cabecero de su cama y esta chirrió presa de convulsiones, pero ella no se movía, sentía, tan sólo sentía el dolor que aquello le estaba comiendo por dentro, le sentía a él haciendo el amor con otra mujer en otro lecho, siéndole infiel, ¡ Así se pudriese en los infiernos ¡ , cuando esa sensación de éxtasis alcanzó su cenit, y el orgasmo se presentó en su más bella expresión, ella supo que ese sería el último, y recordó la canción … He mojado mis sábanas blancas recordándote … pero ella no lo hizo recordándolo, las mojó al mismo tiempo que él mantenía relaciones sexuales con otra mujer, en otra cama, y a la vez, sintiéndose ser ella aquella mujer, y teniéndole a su lado, incorpóreo e inmaterial, lo hizo con esa Virtud fatal con la que había nacido, esa percepción psíquica irreal de precognición que le había sido concedida como don ó como maldición, la misma que le decía que aquella sería la última vez aunque ella no lo deseara, aunque ella no creyese en sus propios dones ó no quisiera creer en ellos, por ello, cuando él llegó de madrugada, daban las seis en el reloj, ella le suplicó que hiciesen el amor, deseaba tenerlo y demostrarse a si misma que sus premoniciones de bruja eran tan sólo chiquilladas de enajenada, pesadillas de duermevela, mas él se disculpó, le dio tan sólo un beso de buenas noches y alegando un cansancio de mil años de trabajo acumulado se acurrucó entre las sábanas oliendo a perfume de otra cama, de otra mujer.

Dicen en el pueblo que la vieron sola tomando café, que se había vestido de negro, enlutada, que llevaba una sombrilla y una pamela cubriendo sus rubios cabellos, que estaba muy elegante, que su rostro no denotaba nada, que sorbía con deleite y en soledad aquel café y que su pensamiento tramaba alguna venganza, que ni siquiera miraba por la ventana, tan sólo disfrutaba del aroma cálido y humeante de su taza de café, nunca en el pueblo la vieron vestida completamente de negro. Dicen en el pueblo que la bella bruja, la bella donna, de tanto jugar con arañas, con tarántulas, se ha metamorfoseado en una viuda negra, un artrópodo ponzoñoso, e incluso en reptil que matase a distancia escupiendo veneno a lo lejos sin que la víctima intuyese la presencia del asesino a su lado. Tan lejos que inclusive pudiese cruzar océanos, allá donde un viaje de negocios te lleve dulcemente acompañando.
Ella siente unos labios que se posan sobre el borde de una taza, no son los suyos, son los de él, el bendito don precognitivo ha vuelto, siente su risa, sus labios, huele el perfume de otra mujer, es el mismo olor penetrante y nauseabundo que notó en la cama junto a su cuerpo la última vez que él no quiso hacer el amor, y de nuevo siguen juntos, los perfumes, en el tiempo, y siente el roce de una mano sobre la suya y unas caricias, pero está sola, y la viuda negra, la bella donna, muy despacio, lentamente va destapando un frasco, dicen que los más poderosos venenos se venden en frascos pequeños. Dicen en el pueblo que él murió lejos, en otra ciudad, en los brazos de otra mujer, cruzando el charco, transoceánico, y dicen que encontraron restos de veneno en su cuerpo y en su taza de café. En el pueblo dicen que ella lo mató, que usó sus artes de brujería, su mal de ojo, que se vistió de luto para su funeral, se vistió de negro, de viuda negra el mismo día que lo iba a matar. La bella donna dejó su última taza de café sobre la mesa, nadie vio cuando vertió en ella el contenido de un frasco pequeño, removió su contenido con la cuchara con mucha parsimonia, y esperó, esperó …
Del otro lado del mar les llegó la noticia. Investigaciones policiales estaban siendo llevadas secretamente bajo sumario, fuentes no oficiales indicaban haber encontrado restos de veneno, de belladona, y había un único y presunto sospechoso, la mujer que le acompañaba.
La viuda negra se disculpó y pidió perdón cuando en un descuido la taza repleta de café resbaló de entre sus dedos, calló al suelo, se hizo mil pedazos y su contenido se esparció por entre las baldosas, mientras un presto camarero recogía los trozos rotos con un cogedor y los llevaba al cubo de la basura, el gato negro, fofo y gordo del dueño relamió el contenido del suelo momentos antes que el mismo camarero apareciese con un fregona y fregase el suelo, mientras la bella donna volvía a disculparse y a decir lo siento.

Abrazo de oso

Abrazo de oso

Silencio, es de noche, acaba de pasar el recolector de piñones y con una linterna de luna busca agachadito entre las briznas de hierba, se llena las manos de un polvo más feo que mi fría nariz. Está soñando.
No le perdono que indistintamente cada noche, cuando va a acostarse, me agarre de una oreja para desalojarme de MI cama, que él impúdicamente llama suya, y repudiarme al exilio de MI butaca de madera y mimbre, que él llama con tal descaro, al llegar el día, suya también, que no se cómo puedo soportarlo, no le perdono que me agarre de la oreja, vaya una desvergüenza y unos modales, pues aunque nunca me quejo, y no me duele, ya que los osos somos pendencieros y machotes, no duele, bueno … un poco si, pero lo peor es que se me deshilacha y elonga y un día hasta sangré cachitos de esponja por la comisura de mi oreja y la doctora cirujano tuvo que operar y coser la herida con varios puntos, no le perdono que me destierre de encima de mi reino de edredón nórdico tan mullido, por un asiento blanco, duro, y frío, más lo que es de juzgado de guardia son las clases de karate, me da de patadas en la nariz, ¡ Mi pobre nariz ¡ , en los ojos y para mas Inri en las orejas, le voy a meter una denuncia por malos tratos que se va a arrepentir de hacerlo, me ha tomado por su sparring y el muy jodío juega a ponérmelas tiesas, a voltearlas, y se jacta con risas cuando no me tumba y sólo es la oreja la que se levanta, tildándose de campeón por haber acertado con su indolente patada en el punto deseado, pero joder, que son las menos de las veces las que únicamente roza mi oreja y cuando no es en el ojo, el cual es de cristal, pues el verdadero acabó en la morgue sin solución de continuidad un aciago día que erró su puntapié, es en el hocico ó en un brazo y yo siempre finalizo tumbado de nuca sobre la almohada , ó el cojín de atrás acabado en ganchillo con hilo perlé, y luego, con total cinismo, va y me mima, cuasi tal cual me estuviese pidiendo disculpas, me levanta, me atusa, me acaricia, me aprieta, me abraza, me da palmadas en las espaldas, me agarra de la cintura y me da volteretas en el aire, me peina con sus dedos mi hocico de lana, me hace cosquillas, me da besos en las orejas después de limpiarlas, y cuando está cansado de tanto esfuerzo, de tanta farsa, pues esos cariñitos se me antojan reproches de conciencia por su bravuconería y violencia, se tumba a mi lado, me empuja insolentemente de mi sitio en el centro del edredón, me aprisiona por la cintura y me sostiene en lo alto sin reparar en mi vértigo a las alturas ni en mi mareo, mirando mis ojazos, y se me emociona y todo, de forma hipócrita a mi buen gusto y parecer, luego me coloca sobre su pecho apretándome, dándome achuchones que no me dejan respirar, me estruja con tal vehemencia que si fuese de chocolate me fundiría con su torso, y no es justo que siendo yo un plantígrado azul, sea él el que me de un abrazo de oso, me despachurre como una pitón a su presa, jobar, ¿para que me harían tan blando? , ¡ Qué soy un oso ¡ . Un descuidado, eso también, me deja siglos sin lavar ni perfumar y mi piel se está apelotillando, llenándose de bolas azules, como un jersey viejo y yo soy muy joven todavía, no más de veinte años, cuando llegué a cambio de una colección de papelitos era tan nuevo, tan elegante con mi lazo azul, tan respetado, tan altivo, tan jovial y señorito que me tenían prohibido jugar conmigo, aquello era otra vida, encima de la cama todo el día, sin servir de sparring, sin tirones de orejas, sin achuchones, sin volteretas mareantes en el aire, como un rey era tratado, el rey de la cama … ay, pero …Qué iluso … Os juro que no cambiaría por nada, por nada nada, por nada de nada aquellos tiempos pasados por el presente, y a pesar de no perdonarle tanta putada y patada, que cojones, soy un oso de trapo y le tengo a mi lado, le adoro por sus, a veces malos modos, sus juegos bruscos, sus acciones injustas contra mi, ya que él no sabe que yo soy algo más que un oso de peluche, no cambiaría nunca aquellas soledades por estos abrazos, ni mi butaca donde paso las noches por aquellos cojines aterciopelados, butaca desde donde contemplo los sueños de un agachadito que recoge piñones en sus sueños en las noches en que despacito me bajo de mi asiento, trepo a su cama, mi cama de día, y me meto en sus sueños, para hacer realidad los míos, ser yo el que le de, como Dios manda, un abrazo de oso, de oso azul de peluche.

Prestidigitador

Prestidigitador

María no sabía pronunciar la palabra, sin embargo no erraba cuando le decían que la deletreara, “pe erre e ese te i de i ge i te a de o erre”, equivocaba al decirlo las consonantes, la erre le delataba y al final acababan por reírse de ella.
- Pertridigitador, peretrigitrador, pretridrigitrador, prestridrigritrador, ….
Había probado a decirlo despacio, sílaba a sílaba, pero era todavía peor, pues lo hacía a saltos, parecía tartamuda y eso le irritaba aun más todavía si cabe.
Dichosa palabreja del copón bendito, no había quien la pronunciara bien, por mucho que lo intentase, ni modo, se le enredaban todas las erres antes ó después del sitio convenido, y sabía que tenía poco tiempo para lograrlo, no iba a ser la única niña del colegio que no subiera al atril a decir su discurso de fin de año y esa endiablada y retorcida palabra formaba parte del discurso, corto discurso, que ella debería pronunciar, así pues que no pasaba día que no ensayase ante el espejo los gestos, las sonrisas, la genuflexión ante el respetable consejo de padres de alumnos, profesores y compañeros de su promoción que se reunirían el día señalado para clausurar el año escolar, vestida con un chaleco azul por encima de una camisa blanca, un pañuelo rojo con los emblemas del colegio bordado en hilos de oro, alrededor de su cuello, un sombrero, también distintivo e insignia del colegio, cubriendo sus largos rubios cabellos y una pícara sonrisa de quien se sabe y siente próximo a una fiesta, a unas vacaciones, a las olas tranquilas de un lejano océano en su tierra natal, pero todo aquello quedaba ensombrecido por un detalle, esa palabra tan difícil de pronunciar y que se parecía fonéticamente a aquella otra con la que de tarde en tarde su padre la halagaba con cariño :
- Presumida. Eres cual una prestigiosa y presumida princesa de cuento de hadas.
Le gustaba mucho que su padre le llamase presumida y coqueta, al fin y al cabo eran muy similar las palabras presumida y prestidigitador y él era el responsable de ambas, su padre era mago, trabajaba en un espectáculo en el cual con habilidad e ingenio reproducía efectos aparentemente maravillosos e inexplicables, pero la palabra mago no tiene alcurnia ni abolengo, es insípida y vulgar, con matices de ordinaria, y por el contrario, la palabra que no era capaz de pronunciar bien, sonaba rimbombante, elegante y atractiva y María era tan presumida que no podía caer en el pozo de la chabacanería y de la simpleza, su padre sería …. Inclusive perestridigitrador si fuese necesario, ante todos ó no sería nada.
Y también es cierto que aunque parezca mentira todo llega un día, aquella presumida y rubia niña, dicharachera, nerviosa, inquieta y juguetona, se encontraba medio febril, tensa, retraída, ensimismada, tímida y pesarosa. Allí sentada, en primera fila del aula, asistía a los cortos discursos de sus engalanadas compañeras, tan ufanas y divertidas por aquel su primer acto social de renombre. E iban subiendo, presentándose, eran aplaudidas, recitaban su discurso y acaban por bajar recibidas con abrazos por sus padres. Y le llegó el turno de subir al estrado, y se dijo, es el momento, afuera miedos, quien sabe si un día pueda llegar a ejercer de payaso, aunque sea de payaso paracaidista en el espectáculo de papá, si se han de reír, lo haré con gracia, aunque me falte la nariz roja y los zapatones.
Estaba preciosa María ese día de Junio, y al alzarse sobre el estrado miró a los ojos de su padre, en los cuales vio brillar el orgullo y la magia, la ilusión y ni si quiera escuchó los aplausos, los vítores y los gritos de ¡ Guapa, Guapa, Guapa ¡ .
Y dijo su discurso mientras miraba muy fijo en el vacío los ojos de su padre como si estuviese allí mismo, entre el público, ó a su lado…

- … Un beso papi, allí donde estés, te quiero, te querré siempre, al mejor … al mejor del mundo, al mejor PRESTIDIGITADOR , un beso.

Llovieron aplausos. Su madre se la comió a besos.

- Hija, ¿ Pero cómo …? , ¿Cómo …? . No sabía que le echabas tanto de menos. Le querías mucho, ¿es cierto? . Te quiero, os quiero a los dos.

Victoria

Victoria

¿Quién dio alas a un cuerpo libre?
¿Quién se vistió con sutil elegancia?
El viento juega con tus vestidos, arrebolando en torno a tu figura las galas que tapan tus sensuales formas redondeadas, Ay, ¡Quien fuese viento! , Quien fuese viento para filtrase entre tus carnes de plata, para penetrar por entre valores recónditos, para arrugar con maestría esa tela externa que envuelve el mayor regalo del arte griego, colocar con genio los pliegues perfectos sobre tu talle, turbar la razón de la mirada que se posa en vuestro busto resaltado, vientre achatado, caderas abrigadas y atléticas piernas que quisieran dar un impulso y hacerte andar, acercarte, bajar las alas, replegarlas, tenerte, ser viento por un momento que atuse tus invisibles cabellos, se cuele por dentro, muy adentro, y vaya alisando centímetro a centímetro cada ondulación de tu suntuoso traje, columpiándose en un descenso a los abismos del placer, descubriendo esos rincones dignos de ver por ojos ciegos que como el viento sólo embellecen y arreglan, solo retocan y besan con galantería de caballero que trota al galope de ufano corcel de fuego, sólo, sin notar el calor prendiendo de rubor la piel de las ondas que dibujas mientras bajas, acaricias concavidades, picos, visitas valles y desciendes montañas, dejas tersa la ropa, aireas las lujurias, los deseos, los anhelos, vagas por oasis, viajas por prados de hierba tan blancos, tan blandos, tan aterciopelados, redondeados, que jurarías no ser pradera sino de un edén imaginario, te meces jugando, sobando, masajeando cada vericueto del laberinto, hasta llegar a producir un cosquilleo que levanta el vello, y te humedeces con la brisa que llega del mar, con gotitas salpicadas de sal y te cuelas, la arropas, la cubres, Ay, ¡Quien fuese viento! , brisa leve mojada que te haga temblar con un escalofrío que recorra tu cuerpo al sentir el frío, la humedad y la sal resbalando por la meseta de tu vientre, hacerse rio que naciese en el lago de tu ombligo y descendiese por agrestes pendientes cuasi verticales, abismales, hacia el mar, que en marejada, embravecida, se muestra enigmática y el destino lo hace inolvidable en envoltorios de auroras boreales, encerrada entre las dos columnas de Hércules que te sostienen y dan tronío a tu libre imperio y ponen cautivo al aire que anida entre tus ropajes, fluctua entre pecho y espalda, y se sacia de ternura y sensualidad a flor de piel, piel de piedra que rezuma el aroma de lo frágil y la magia de las preguntas, quedan tantas cosas por decirte, por conocerte mejor que el viento que suspira cuando roza la piedra pero no siente, no padece, ¡Quien fuese brisa!, rodeando esa cintura, descubriendo, poseyendo manos de piedra, tacto de roca, para jugar de igual a igual, hacer correr un ejército de hormigas sobre tu pecho enhiesto, un masaje tenue, imperceptible, pero vibrante, excitante, como el caer de los granos de arena en un reloj de tiempo eterno, repetitivo de los momentos, y a pesar de no ser viento, te miro, te admiro, te pienso y siento que siempre has llevado y llevarás dentro, independiente de tu belleza, de tus transparencias seductoras y atrayentes, la Victoria.

Desde la infancia

Desde la infancia

De niños nos divertíamos tanto con esos juguetes de antaño, que al recordarlo te pienso, te siento saltando en torno a la mesa camilla, girando, poniéndote de puntillas, subiendo y bajándote de todas las sillas, buscando la pieza que con tu vista de lince y tu intuición de ratita presumida adivinabas se hallaba escondida entre otras tantas iguales, eufórica y chillona, alegre y manipuladora, mimosa, chiquilla hermosa de cola de caballo, y de pronto, te acometía el tedio, te aburría el puzzle, te desesperabas de no lograr encajar esa pieza que parecía que ya estaba, y ale, lo alborotabas, yo gritaba, te reñía, te enfadabas, tirabas de la falda de la mesa camilla, las piezas volaban, se escondían, pero … ¡eh¡ , pillina, ya ves, hasta hoy ha llegado en más ó menos buen estado nuestro gran retrato, lo contemplo y te veo, me veo, nos vemos plasmados en el semblante de dos lindos gatos, que me miran desde el pasado, no te preocupes, ahora ya el puzzle está hace años terminado, amarillea pero sin perder ese brillo del recuerdo, y siguen faltando esa piezas que ardieron en el brasero, se perdieron ó se las llevó el hombre del saco, no me daba miedo, pero si la fastidiosa forma en que usabas los que tú creías mis miedos para plasmar tus mentiras de niña que se sabía culpable del delito de romper el hechizo de la colaboración en equipo, pues sabías que al llegar la noche, también papá, aunque fuese jugando al despiste, colaboraba, pero al fin y al cabo no eran piezas importantes, y a mi el hombre del saco me daba risa, otras, con el tiempo, “mea culpa”, también fueron desapareciendo, quedan las de siempre, bigotes pegados, mirando con ojos de gatos nuestro pasado, esa infancia de los días de lluvia de otoño compartiendo pedacitos de cartón y mirándonos de reojo de vez en cuando, mamá, desde la cocina, asomándose cuando el silencio le llenaba de chocantes presentimientos, nos miraba embelesada, como ahora esos gatos, nosotros dos, me están mirando, tan madre, tan orgullosa, que al recordarlo se me humedecen a traición mis ojos que miran esas edades, tú pequeña, yo más grande, tú más niña, yo más responsable, tú más gatita de ojos grandes, de belleza mimosín, yo mas sereno y maduro, ay, mi oreja, me miro y me veo, le falta una pieza, ¿dónde acabaría sus días de cartón?, ¿Quizá en el pozo?, allá donde arrojaste la tortuga que papá trajo un día de sabe Dios donde y cansada de no verla comer ni apenas moverse, temerosa por su suerte, la lanzaste al lugar donde les escuchaste a ellos decir que una tortuga podría sobrevivir como animal anfibio, palabra que no entendías, ó tal vez se esfumó entre muñecas de trapo ó trenes de latón, ¡ Qué sé yo ¡ . Papá hacía trampas, él no jugaba, simplemente, escondía las piezas, y nadie las encontraba hasta la mañana siguiente que enigmáticamente aparecían por encanto un puñado más de las que habíamos estado usado. Te daría ahora mismo un abrazo. Del derecho, del reves, media vuelta, otra media, esta no es, esta rien de rien, nada, otra vez, nuestros ojos fueron casi lo primero, cuatro círculos negro, mágicos, junto a unas naricillas rosadas y unas bocas que sólo maullaban, y esto pasó no más que ayer mismo, no más, y te tengo y te recuerdo, el primero, el más tierno, el más bonito, luego vinieron otros, pero ya no fueron los mismos, no estábamos nosotros dos, nuestra infancia reflejada, el equipo al completo trabajando en el proyecto de un juego, con algarabía, jolgorio, risas, familia, gracia, una sorpresa descubierta tras de cada pieza bien puesta, besos, tirones de pelo, pataleos, calor de hogar, retazos de otros tiempos allá en la historia de nuestra melancolía.
Creo que de tanto me he regresado al pasado que me siento pequeño y que juego, que coloco las piezas sobre la mesa, que te oigo chillar y veo a papá y a mamá sobre el dintel de la puerta mirándonos con esa ternura infinita del que se sabe dichoso y afortunado por lo que la vida les ha dado. Y sé que ellos y nosotros seguimos allí, en el pasado, que puedo regresar cuando miro nuestro puzzle incompleto y os pienso y os siento y os quiero. Y regreso, regreso, regreso …

- Esa no es de ahí, tonto.
- Si que lo es, si que lo es, tonta tú. ¡Mamá¡. Me ha llamado tonto.

Recordando una mirada

Recordando una mirada

Recuerdo haberme asomado al precipicio de sus ojos, como un mar en calma, como un enjambre de abejas que durmieran la siesta de madrugada, eran de miel, de miel y almendra, profundos, limpios, serenos, intensos, mirada de mujer sensual y tierna, honey, a veces, te miraban con tesón, con nostalgia, con deseos escondidos tras almohadas de primaveras pasadas, enigmáticos y turbadores, tan profundos que perderse en ellos era lo menos moral que acaeciese en ese momento, una luz de erotismo se trazaba en su pupila acaramelada, su fantasía, la mía, la nuestra, la del castaño añejo que nos contemplaba y se mecía complacido sonriendo, observador de ensueños, de dulces momentos, de miradas petrificadas en el tiempo, hibernantes, esa mirada de hembra respetada, de fiera liberada en la sombra, de mujer tatuada a lápiz de labios infantiles, transparentes, de rasgos seductores, superficiales maquillajes que no denotan la esencia carnal de la victoria, más esos ojos, de mirar insólito, de mirar con trapío, de abeja reina guerrera que mira, zumba, aletea, no se rinde, ni te pide pleitesía, te busca, te atrapa, te acongoja, te toma prisionero en su almena más elevada, son más que un destello, un deseo, un ardid de un pedigüeño, un mirada tierna eternizada en su momento, de jalea real, de almíbar, de cera virgen que hace derretir de complacencia la mirada ajena que entiende y siente, se atribula y acongoja, se atormenta de deseos de respuesta, se sacrifica y no mira, sueña, desea, vuela, siente y padece la fuerza de una mirada caminando al borde de un precipicio anegado de azul y cristalinas aguas, y retrocede, cobarde, ante el amago de desvanecimiento, de verse implicado en un profundo mar, del miedo, de ese abandono profundo ante las miradas sin dueño, ahogarse en el deseo, en el anhelo, en la puerta abierta del cielo, de un néctar hecho a base de señuelos, añagaza, artificio con anzuelo donde se ancla el cebo de tu propia mirada, allá donde queda atrapada, seducida la más dura coraza, que traspasa acero, diamante, rasga edredones de seda y aprisiona libélulas en su tela de bien trenzada red de araña, de seductora artificiera de cañones de buques de guerra que desarbolan banderas de barcos piratas y los rinden sumisos y conquistados antes sus secretas armas, una simple mirada, turbadora, conmovedora, ante la cual se rinden flotas enteras, armadas invencibles, el Titanic jamás se hubiese hundido con vos en su interior, tan sólo rendido, el titán de hielo se hubiese fundido ante esa mirada flanqueada de llamaradas, que pese a ser galana y capitana pirata de furiosos bajeles cargados de armas, es sosegada, un mar Pacífico por descubrir, extenso, inmenso y libre, que tranquilo reposa sobre fondos abisales donde nunca mira ya que siempre emana su albedrío hacia la aurora boreal, hacia la Vía Láctea, mirando simplemente las hojas de un castaño. Son de mirar atractivo, cristalino, felino, revendedores de ilusiones, atrapadores de momentos, saben congelar el tiempo, pedir deseos, dadores de sentimientos genuinos y primigenios de un solo dueño, sutiles, etéreos, poderosos diamantes capaces de taladrar el enigma de lo opaco, con proponerlo veríais el interior de otros cuerpos, sus cándidos pensamientos, sus desvaríos y vahídos ante la intenso de esa mirada de hada de cuento, de Matahari de film, de diosa Afrodita ó Venus planetaria, esa mirada, que invita, que deleita, que seduce, que entorpece los sentidos, que ruboriza el alma, que te atrae y te roba los sentidos, que marea de deseos, te atrapa en redes de pescadores, te hipnotiza y obnubila, te subyuga y te hace suya, es radiante y pura, tenaz, te desarma y ciega, te obliga a no mirarla, a rendirla pleitesía, reverencia a una princesa, besamanos, un correr de viento entre los castaños mientras unos indiferentes gorriones se dan baños de arena a tu lado, un escalofrío ha recorrido los sentidos, el vello encrespado, tiritan las estrellas, la locura la fabrican las miradas, y la ternura y una pizca de guindilla picante y mientras tú no miras, con disimulo, esa mirada se ve atrapada por una cálida mano amiga que la guía prisionera hasta su saquito de esperanzas.